Decorador de fotos para blackberry

Date: 16.10.2018, 08:48 / Views: 91334

Закрыть ... [X]

“Si todos somos instrumentos de Dios, yo soy una maraca”, suelta Élmer Sepúlveda.
Luego hace una pausa, tan larga como un suspiro. Espera la aprobación del público, una carcajada, y se une con esa manera tan suya de reírse, con ese ja, ja, ja que casi siempre es una extensión de cada oración. Élmer se burla de sí mismo, incluso antes de ser Mister Parkinson; aunque esa gracia quiera esconder las tragedias que ha superado. 

Élmer, o Mister Parkinson, el personaje que inventó para robarse carcajadas en el legendario programa de televisión Sábados felices, es una máquina de sonrisas.

“Básicamente nunca hablo en serio”, repite mientras se rebusca rápido otro apunte para no dejar caer la conversación. Pero a veces no puede. A veces solo es un hombre de 37 años que se levantó de más de una década de postración para descubrir su verdadera razón de ser: regalar felicidad. Entre 1994 y el 2007 fue perdiendo su movilidad hasta quedar casi paralizado.

Porque si bien antes de cada rutina aclara que su historia es real, que sí está diagnosticado con párkinson y que sus presentaciones, antes que ironizar, buscan ayudarle a superar esta enfermedad neurodegenerativa –que afecta a otros 220.000 colombianos, según la Asociación Colombiana de Neurología–, el tiempo en pantalla no alcanza para contar su lucha.

De esa parte de su vida solo saben su familia, sus amigos y sus vecinos, que confiesan sentir asombro cada vez que lo ven partir en la madrugada, desde su casa en el extremo sur de Bogotá hasta la sede de Caracol Televisión, en el norte de la ciudad, donde debe grabar. Donde actúa su pasado.

En una casa esquinera en la última calle del barrio Villa Anita de Usme, en el vasto sur de Bogotá, vive Élmer Sepúlveda hace 22 años. Esa morada tiene dos plantas gracias a él, porque jura que la mayoría de lo que ha recibido de la televisión –algo como dos millones libres por programa ganado– ha sido para levantar una suerte de ‘penthouse’. Su refugio. Su mansión.

La vista es privilegiada. Así haya calles sin pavimentar, mandan el verde de los cerros de Usme y el paisaje rural propio de un sitio muy cercano al páramo de Sumapaz y al río Tunjuelito. Insiste que allí es feliz porque tiene cerquita a su mamá, Mariela, su papá, Miguel, su hermana Laura Mayorli y su primo y confidente Freddy. Y Malú, una consentida perrita criolla.

Y aunque no lo reconoce, se siente a gusto porque gracias a Mister Parkinson es la estrella de Villa Anita
. En ese barrio de abundantes mejillas coloradas, seña de su innegable ascendencia campesina, lo reconocen cada vez más como figura de televisión y no como el muchacho chistoso que no podía caminar. “Ahora la gente me para, me pide chistes y no falta el envidioso que me dice que estoy triunfando de chiripa”, bromea de nuevo.

La fama, detalla, le llegó aquel 22 de diciembre del 2012, cuando salió su primer show en televisión, resultado de un impulso, tras perder su trabajo en una empresa de taladros: “Fui a probar suerte en el programa porque muchos amigos me decían que debía hacerlo”.

Élmer Sepúlveda

Élmer guarda pocas fotos de aquella época en la que no podía caminar. Fueron, en realidad, 13 años en los que su vida “se frenó”, según cuenta.

Foto:

Archivo particular

El monólogo se lo sabe de memoria. Comienza así:

“Buenas noches. Vengo a hablarles de algo muy importante. Vengo a hablarles de mí –pausa corta y carcajada propia–. Yo soy Cristiano, mi hermano es Ronaldinho –pausa corta y carcajada propia–. Para los que no saben, el párkinson es una enfermedad que le puede dar a cualquiera. Sí, a cualquiera que no se ría o aplauda –pausa corta y carcajada colectiva–. Ah, se asustaron. Hay médicos que dicen que esta enfermedad afecta la memoria, pero eso es mentira porque… porque… ¡ah, maldito párkinson! –pausa corta y carcajada colectiva–”.

Con esa rutina, con un vestido prestado grande que lo hacía ver “como un traqueto levantado”, ganó en su debut. Pero fue en su segundo programa cuando nació Mister Parkinson gracias al consejo de Gerly Hassam Gómez, a quien reconoce como su maestro en la seria tarea de hacer reír.

El reconocido Hassam estaba a cargo del casting del programa y le sugirió crear un personaje que no solo lo diferenciara de otros participantes, sino que le diera una identidad con lo que hasta ese momento era su lado débil: su enfermedad. “No fue una decisión fácil lanzarme a hablar de mi párkinson, pero me decidí y escogí un personaje similar a James Bond, por eso el corbatín, las gafas y el esmoquin. El traje hoy es blanco por los payasos de hospital y por aquello de que la risa puede curar”, dice Élmer.

“Cuando lo vi por primera vez pensé que estaba drogado, por su actuar, y cuando le pregunté me dijo riendo que efectivamente lo estaba, pero con medicinas para controlar los síntomas de su enfermedad. Ahí entendí que él podía llevar un mensaje más profundo en sus actuaciones. Élmer hoy hace algo más que loable, porque lucha contra su enfermedad burlándose de ella y eso lo engrandece”, exalta a su turno Hassam.

Élmer asegura que el humor le ha servido para mostrar el día a día de las personas con párkinson. También para sacarles jugo a las pequeñas tragedias que los oficios diarios, como un cepillado de dientes, cocinar o una relación sexual, son para quienes viven con temblores o rigidez: dos de los principales síntomas del mal.

En su caso, el párkinson fue más que un chiste. Una forma temprana de la enfermedad, poco común y de tipo hereditario, según explica el neurólogo William Fernández, le ocasionó una larga parálisis que comenzó a manifestarse a los 13 años y le dejó movimiento condicionado en algunas partes y problemas de vocalización.

Élmer mintió cuando dijo que nunca hablaba en serio. Al recordar que estuvo más de una década sin poder caminar, mucho antes de su estrellato, las bromas se le agotan. Habla más pausado. Su sonrisa se difumina y su mirada se vuelve profunda, quizás al evocar que pasó la adolescencia en una silla de ruedas, sin poder valerse por sí mismo.

A los 13 años experimentó los primeros bloqueos, que son la imposibilidad del cuerpo para obedecer lo que el cerebro ordena, tan propios de las personas con párkinson. Él, que se preciaba de ser un ágil arquero de microfútbol, perdió la motricidad unos cinco años después. “Fui decayendo hasta que no me podía poner de pie, no tenía equilibrio, perdí toda mi movilidad. La voz no se me entendía. La mente estaba lúcida, pero el cuerpo no hacía lo que yo quería. Me sentía como una momia frustrada”, sigue Élmer.

Mister Parkinson

Elmer cuenta su historia desde la sala de su casa en el extremo sur de Bogotá.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

Como suele pasar con padecimientos atípicos, los pacientes se estrellan con el desconocimiento propio y los diagnósticos errados. A Élmer en esa carrera desesperada le dijeron que su condición podría deberse a una ataxia de Friedreich, un mal con pronóstico mortal. Sin embargo, se trataba solo de una hipótesis. El origen de su sufrimiento estaba lejos de saberse.

“Mi vida se frenó. Permanecía en casa porque para salir necesitaba de mínimo dos personas (…). Nos cansamos de que no nos dieran respuestas y dejamos de ir a los médicos por un tiempo. Trece años sin saber qué tenía, imagínese. Pero yo nunca perdí la fe ni el humor, ni renegué”, recuerda.

En ese círculo vicioso de exámenes, pruebas y descartes, pasaron más de 10 años. Élmer llegó a los 26, casi inmóvil, hasta que la insistencia de doña Mariela la llevó a tocar una puerta más en el Hospital de El Tunal, donde un especialista relacionó la parálisis con el párkinson y ordenó nuevos análisis.

Los resultados encendieron la esperada luz y una pastilla sacó a Élmer de la oscuridad, como él mismo se refiere a esa larga década. Fue un jueves, precisa. “Mi mamá y mi tía me llevaron casi arrastrado con el neurólogo. Llevaba una ropa muy boleta, una camisa naranja, un pantalón gris y unos zapatos de colegio. Y claro, ni un peso en el bolsillo”, menciona al encender su máquina de carcajadas.

Lo que pasó después es mejor ponerlo en sus palabras. Nadie mejor que él para relatarlo: “El médico me dijo que me iba a dar una pastilla (levodopa, medicamento en el tratamiento del párkinson) que podía que me hiciera efecto o que no me sirviera para nada. Yo le dije que por mí estaba bien, que sería lo que Dios quisiera. Me la tomé con un jugo de naranja. Y minutos después yo, que era un tronco, delgado, completamente tieso, empecé a reaccionar. Comencé a sentir raros mis manos y pies. Empezaron a recobrar movilidad de un momento a otro y solo pensaba si era verdad lo que estaba pasando. Ante el júbilo que había en la sala de espera, de gente que no podía creer lo que veía, llegó el mismo doctor y me pidió que me levantara hacia él. Y lo logré. Volví a caminar después de 13 años”.

La sonrisa del comienzo de la entrevista vuelve ahora al rostro de Élmer. Y el humor se agudiza, se hace ráfaga en su narración. “Ese día me recorrí todo el hospital, creo que acabé un par de zapatos. Cuando llegué al barrio, fue una locura, nadie lo creía. Me comenzaron a decir Forrest Gump porque a donde iba era caminando. Casi que volví a nacer. En realidad, lo único malo de volver a caminar fue tener que conseguir trabajo –pausa corta y carcajada colectiva con familia, fotógrafo y periodista–. Por muchos años me acostaba en las noches pensando que al siguiente día Dios me iba a dar la oportunidad de caminar. Y esa primera noche me acosté pensando que ya era verdad, que podía caminar”.

Mister Parkinson

Élmer, con su personaje de Mister Parkinson, estuvo el año pasado en la final de Sábados Felices y hace poco en la Teletón.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

El 2017 fue el mejor año de Mister Parkinson. Ganó seis fines de semana y disputó la gran final del año, que entregaba 145 millones de pesos. No ganó, pero en ese escenario figura al lado de reconocidos humoristas y sabe que es una vitrina para despegar en el reñido mundo del humor, y poder contar, así sea con “chistes pendejos”, como los llama, lo que es vivir con un mal sin cura.

A Élmer también le va bien. Los síntomas los controla con dos pastillas y media al día. Puede seguir atajando balones los fines de semana, pese a cierta lentitud, secuela de su enfermedad. Tiene una novia, una familia y el mejor trabajo posible: hacer reír a la gente. Sobre todo a aquellas personas enfermas, como él, que necesitan mucho más que un buen chiste para sonreír.

RONNY SUÁREZ
Redactor de Salud
En Twitter:





ШОКИРУЮЩИЕ НОВОСТИ



Related news


Fotos de las cascadas de agua azul chiapas
Fotos de caritas pintadas
Fotos de gatos felinos
Fotos de pitbull blue
Fotos de shorts curtos
Back to Top