Fotos antiguas de reynosa

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17/octubre/2013 Por Rafael Catalán Valdés

Estimados lectores:  Es  posible que a algunos de ustedes les parezca demasiado tres artículos consecutivos dedicados a Acapulco. Para quien así piense, vaya una disculpa. Creo que por ahora será el último. Pero seguro estoy que habrán muchos que estén de acuerdo en que el autor concentre su atención en el sufrido puerto, con la esperanza de contribuir a su pronta recuperación.  Por su paciencia y atención, muchas gracias.

Este  artículo también es de la autoría del Dr. Miguel Bentancourt  quien, sin ser nativo de La Perla del Pacífico,  ha sido un ferviente  enamorado de este destino turístico.  Muchas gracias,  doctor.

                            LA  HISTORIA   DETRÁS   DE   LA  CRUZ   DE   LOS   TROUYET

Hijo de un inmigrante francés dedicado a  la  comercialización de vinos,  y de madre  mexicana de origen  modesto,  Carlos  Trouyet   (México, D.F.,  1903 – 1971)  se educó en el Colegio Alemás de la ciudad de México y aprendió cuatro idiomas además del español:  alemán,  francés,  inglés  e  italiano. Los informes sobre su educación no dan más detalles sobre sus progresos en las aulas,  pero es obvio  que la preparación que su vocación demandaba no estaba en la escuela.  Esto podía explicar el por que,  a  pesar de ser un políglota,  se colocó como un simple  “office  boy” en una institución bancaria.  Al final de cuentas,  ahí fue donde empezó  a  adquirir los conocimientos necesarios  y  a  tejer la red social  que lo impulsaría  al éxito económico.  No cabe duda que con el tiempo se convirtió  en un hábil  corredor de valores y trató siempre de hacer  “buenas amistades”.  La mejor de todas  ellas fue sin duda la de Miguel Alemán,  que después sería  Presidente… y  multimillonario.

Antes de que Miguel Alemán  llegara a ocupar  la  primera magistratura del país,  Carlos Trouyet era ya su banquero,  consejero  y  amigo. Después de ser Presidente, Trouyet se convirtió en su socio.  Ambos,  junto con capitalistas norteamericanos,  participaron  en el establecimiento del hotel  Continental Hilton  de la ciudad de México,  y  Trouyet,  junto con los mismos capitalistas, estuvo asociado  en la construcción  del hotel  Las  Brisas de Acapulco.

Sus  ligas con  millonarios mexicanos  del tipo de Alemán y  también norteamericanos  se advirtieron  en casi todos sus negocios,  que no fueron pocos.  Por ejemplo,  fundó  el periódico  “El Heraldo de México”  junto  con  Gustavo  Díaz Ordaz,  Manuel  Espinosa  Yglesias  y  Raúl Bailleres.  Fue  uno  de  los  principales  accionistas  de la  Algodonera  Comercial  Mexicana;  de  Plywood  Ponderosa  de  México,  (que contaba  con un nada despreciable  60%  de  la  producción nacional de triplay  y derivados);  Bosques  de  Chihuahua,  en  1953,  junto  con Eloy  Vallina  García  (Fundador y Presidente  del Banco  Comercial  Mexicano,  luego Comermex);  fundaron  la  primera  empresa  de  celulosa de América  Latina,  Celulosa  de  Chihuahua,  donde los trabajadores contaban  con unidades habitacionales,  escuelas, talleres, centro médico y otros servicios;  y la Compañía  Industrial de Orizaba, fábrica textil,  entre otros  muchos negocios prósperos.  Algunos  medios de comunicación,   como The Saturday Evening Post,  de Filadelfia, por ejemplo, estimaban  que participaba en el Consejo de Administración  de veinte grandes empresas de México,   mientras que otros,  como la revista  Fortune ,  en cambio, opinaban que ese número ascendía  a  49.

Don  Carlos  Trouyet,  habiendo ya probado las  mieles  del éxito,  se  montó en el caballo  de  los  negocios arriesgados  pero promisorios.  Así fue como llegó a ser protagonista  de  la  nacionalización  de  Teléfonos de México,  de la que fue Presidente por muchos años.  Teléfonos  de  México  era  propiedad  en un 74%  de la International Telephone and  Telegraph  de  los  Estados  Unidos  y de la  LM  Ericsson   de  Suecia,  hasta que fue adquirida  en  su totalidad  por  capitales mexicanos,  tanto oficiales como privados.  Sobre  esta  base   y  a  principios  de  1964,  el gobierno mexicano  en su calidad  de  accionista  mayoritario,  decidió  tomar en sus manos el control  de  la  Empresa.  Trouyet  permaneció  como Presidente  del  Consejo de Ad ministración.

Este destacado  empresario  aportó,  en forma muy importante,  como promotor  e  inversionista  directo,  los recursos  y  la  capacidad  para que varias empresas pasaran a ser propiedad  de  mexicanos,  ya que en gran medida  pertenecían  a  intereses  extranjeros.  Su  último proyecto,  que compartío con Manuel Senderos,  fue el fraccionamiento  residencial  Bosques de las Lomas,  pero jamás lo vio terminado,  pues  hubo que esperar  18 años  a  que el  gobierno otorgara los permisos de construcción debido a que no se contaba  con la infraestructura necesaria.

Por otro lado,  Carlos Trouyet  creó el fideicomiso  y  el  patronato  para la construcción de la Universidad  Iberoamericana.  También fue Vicepresidentes  del  Museo Nacional  de  San Carlos,  patrono  de  la  Orquesta  Sinfónica  Nacional  de  México,  apoyó  la construcción del Hospital  ABC  y  perteneció  a  la  Asociación de Banqueros.  Entre  todas estas  actividades  financió  además  una  capilla submarina  para el culto guadalupano  en las  transparentes aguas  del canal de Bocachica  en  Acapulco.

Carlos Trouyet es, pues, una leyenda construida  a  partir  de  la  realidad,  un personaje con tintes renacentistas  por vocación  que trascendió con mucho el objetivo grosero  y  primario  de  construir  un  informe  amasijo de divisas  y  así,  su  visionario  proyecto  se  afianzó  consistentemente  en la  conciencia de un país  al que amaba  y de cuya  grandeza se sentía corresponsable.  Arquetipo  del  empresario  con rostro humano  y raíz nacional,  estuvo siempre empeñado en contribuir al engrandecimiento  de  su  gran  amor:  México.

El prominente empresario contrajo nupcias  con Milly  Hauss  y  tuvieron dos hijos:  Jorge  y  Carlos  Jr. Remontémonos  ahora a  la  época  del Acapulco  Dorado,  a  ese  puerto lleno de glamour  que se galardonaba  hospedando  al  jet set hollywoodense,  aquel  que  contaba  entre  sus habitantes flotantes  a  personalidades  de  la  talla   de  Sofía  Loren,  Natalie  Wood    o  Frank  Sinatra,  cuando entonaba:

Weather  –  wise  it´s   such  a  lovely  day/  You just say the  words  and we”ll   beat  the  birds

Down  to  Acapulco  Bay

It´s  perfect  for  a  flying  honeymoon,  they say

Come fly  with me,  let’s  fly,   let´s  fly

Pack  up,  let´s  fly  away

….  Aquel  Acapulco  que  fundó  y  resguardó,  por  años,  historias de vida.

En ese tiempo,  el crecimiento  del puerto se extendía  rápidamente  hacia  el  Este   de la bahía,  en dirección al exclusivo  hotel  Las  Brisas,  el cual desde 1957 había permanecido  aislado en la cima de una colina.  Me  refiero con más precisión  a  la  segunda mitad  de la década de los sesentas,  cuando en pleno movimiento hippie  mundial los jóvenes sanos  se preocupaban por obtener el último éxito de los Beatles  o de los Doors y los insanos buscaban un pequeño cubo de gelatina con LSD  o  fumarse un poco de marihuana.  En ese tiempo, los hermanos Trouyet,  quienes fueron estudiantes ejemplares, se concentraban, entre otras cosas, en el cuidado y manejo de la dehesa recién adquirida por su padre.

La dehesa del matador  José “Pepe” Ortiz  Puga, ubicada en el guanajuatense municipio de San Miguel de Allende,  fue adquirida en el año de 1962 por el empresario,  quien le cambío el nombre  a  “San Carlos”  y la cedió  a sus hijos.  Ellos no tardaron  en agregarle  35  vacas  y 5 sementales de Jesús Cabrera  para luego incorporar un semental  de  San Mateo en 1966.  Pero además de su afición  por la cria de toros de  lidia  y  por la fiesta  brava, los  hermanos Trouyet eran muy aficionados a la aviación  privada.

Cierto día  13 de noviembre de 1967,  al  momento del ocaso,  los  hermanos despegaron  del aeropuerto de Acapulco  con dirección  a  la  ciudad de México,  a  bordo de su avioneta particular.  Se trataba de una  Piper  Aztec  con matrícula  XB-TIE,  bimotor de ala baja  y con capacidad para seis pasajeros  incluyendo a los  pilotos.  En la aeronave  viajaban: Jorge  y Carlos Trouyet Jr., el piloto Praxedis Lopez Ramos,  Dionisio Pérez Rincón Gallardo,  Ignacio McKensie y la señorita Elena Sama. Al  parecer, el vuelo se llevó a cabo con tranquilidad y sin problemas,  puesto que no se tiene registro de  alguna  llamada de emergencia  por parte de los pilotos y tampoco se recuerda sobre el reporte de alguna posible falla mecánica. Sin embargo, ya  en su aproximación  y a unos cuantos  minutos de su arribo a la capital,  el  “Tango India Eco” desapareció de los radares  del aeropuerto internacional  de la ciudad  de  México.

Debido a la obscuridad de la noche  y al hecho  de que el mal tiempo  reinaba sobre  todo el Valle de México  fue  que  las labores de  búsqueda  y  salvamento  tuvieron que esperar  hasta  muy temprano  del día  siguiente.

Varias  brigadas de experimentados  montañistas  partieron al rescate  aquella  mañana,  y a pesar  de verse obstaculizados  por la espesa neblina  que cubría la capital de la República  y  sus alrededores,  lograron  localizar  los  restos  de la pequeña  nave accidentada  en lo profundo de un barranco,  cerca de la presa de la Concepción,  Villa del Carbón,  Atizapán  de  Zaragoza,  Estado de México.  Apenas a unas  23 millas  de distancia  del aeropuerto  capitalino.  No hubo sobrevivientes.

Se cuenta  que  Milly Hauss  de  Trouyet  tuvo un sueño,  donde se le anunciaba que tan pronto como  le  fuera  posible  se construyera un santuario  con el propósito   de contar con un espacio de consuelo  y  meditación  que  lograra mantenerse en la memoria  de todas las personas  que visitaran Acapulco.  Ella misma  elegiría el lugar,  visible  desde  cualquier punto  del puerto.

La  capilla  fue  construida.  Coronando las  alturas,  a  402 metros  sobre el nivel  del  mar  se edificó  la  Capilla Ecuménica  de  la  Paz,  creada para  lograr  una  sincera comunicación con el espíritu.  Localizada en la parte mas alta del cerro  El  Guitarrón,  brazo  montañoso  que rodea a  la  bahía  de  Acapulco,  se  construyó  con   estructura  de  acero  y  concreto,  tejas  de  asbesto,  cemento  matizado con sulfato de  hierro  y  placas  triangulares de  ónix  verde piña.  Roca  y  granito.  Adoquín rosa de Querétaro,  madera  de guapinol  y  palo  morado. Moderna,  bella  e  inspiradora.

Frente  a  ella su enorme  cruz  blanca  vive  iluminada  desde  la noche  del  24  de diciembre  de  1970  hasta  la  fecha.  Estructurada de  acero  y  concreto  alcanza  una altura  de  42  metros,  cuenta  con una  cimentación  de  20 metros enclavándose en roca de granito  para  resistir vientos de hasta  260 kilómetros  por  hora.  Se  ilumina  con reflectores   de  vapor  de  mercurio.

Bajo  la  cruz  se  encuentra  una  escultura  de  bronce  simbolizando dos manos  que apuntan al cielo:  “Las Manos  de  la  Hermandad”,  una  obra  del escultor  Claudio  Favier,  que  representa  la  unión fraternal  que  guardaban  los  dos  hermanos, pero,  además,  las dos manos  son manos  derechas,  “las  dos  manos  derechas”  del  gran  empresario,  que  así consideraba a sus dos hijos.  El  espacio  de  meditación  sobresale en el horizonte  acapulqueño  por su  elevada  ubicación.  Sin  embargo,  Milly  Hauss  no  logró ver la obra  terminada debido a que,  por causas  de  salud,  se reunió con sus hijos antes de lo esperado.

Coautor  de la edificación  y  uno  de los fundadores del exclusivo fraccionamiento  de  Las  Brisas  de Acapulco,  Don Carlos  Trouyet  cumplió  con los  sueños  de  su  esposa. Vivió  el  proyecto  hasta su finalización,  como último deseo  de su amada en honor  de sus hijos.

La  Capilla  Ecuménica  de la Paz  fue abierta  por  primera  vez al público  en  1971.  Poco  tiempo después,  durante ese mismo año,  falleció  Carlos  Trouyet.  Los  restos  mortales de los hermanos  Jorge  y  Carlos  descansan en el sepulcro  que sus padres eligieron  para  ellos,  lugar en el que también se sencuentran sus progenitores  Milly  y  Carlos,  en el nivel  inferior  del santuario  que forma  parte de la cripta  pública,  rindiendo así tributo a la  vida.

La  Capilla  de  la  Paz  se denomina  ” Ecuménica ”  porque en ella  se pueden realizar ceremonias religiosas de personas que muchas veces no comparten el  mismo culto. Es  decir,  el “Ecumenismo”  es la tendencia que busca la restauración  en la  unidad  de  las diferentes  denominaciones cristianas,  separadas por cuestiones  de iglesia,  doctrina,  institución,  intereses particulares,  historia,  tradición  o  práctica,  y que actualmente  asciende a un nada despreciable número de 34,000  organizaciones distintas,  pero  todas  ellas cristianas.

La  majestuosa  Capilla Ecuménica  de  la  Paz  representa,  sin duda,  una conmovedora  historia  que nos deja  una  lección de esperanza;  ejemplo de una familia  que supo canalizar  las  emociones  y  los  sentimientos  para  imponer  sus  fuerzas  ante la  tragedia  y así  inmortalizar  a  la base  de  toda  sociedad  humana:  La  Familia.

Esimados lectores:  Hasta aquí el artículo que nos  proporcionó el Dr. Miguel  Bentancourt,  un muy distinguido otorrinolaringólogo  y  enamorado desde niño de Acapulco.  Muchas gracias, estimado amigo.





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